Al evaluar un programa de seguridad con un año de ejecución, considero indispensable medir la variación en los problemas que dieron origen al programa, por ejemplo, la disminución de denuncias o delitos en el sector intervenido, así como cambios en la percepción de seguridad de los vecinos.
Utilizaría principalmente indicadores de resultado, porque permiten observar cambios directos atribuibles a la intervención en el corto o mediano plazo, como reducción de denuncias, menor cantidad de reclamos vecinales o aumento en el uso de espacios públicos. También incorporaría algunos indicadores de proceso (por ejemplo, número de patrullajes realizados) para entender si el programa se está implementando según lo planificado, pero no serían suficientes por sí solos para evaluar efectividad.
Si la evaluación muestra que el programa no está generando los efectos esperados, no necesariamente lo eliminaría de inmediato. Primero revisaría si el problema está en el diseño, en la implementación o en factores externos. A partir de eso, tomaría decisiones como ajustar la estrategia, redirigir recursos o fortalecer la coordinación con otras instituciones. Solo en caso de persistir la falta de resultados, consideraría reemplazar el programa por una alternativa más pertinente, basada en evidencia y mejor adaptada al contexto local.